En celebración de nuestro 40 aniversario

Ken Morrow, Traducción: Karen Ronstadt

Se obscurecen las luces de la sala. En el foro, las luces dirigen sus delgados rayos amarillos en el centro. Cuatro músicos entran, se detienen viendo hacia la sala obscurecida, se inclinan respetuosamente, se acomodan en las sillas, acomodan los atriles, abren las partituras, afinan las cuerdas. Los ojos centrados, una cabeza acciona, y la música…la música…

Pero ¿cómo es que estamos aquí?  ¿Cómo es que hemos venido a sentarnos, cada año en Agosto durante los últimos 40 años, en esta sencilla sala de conciertos del Siglo 19 ubicada en la esquina de una calle ordinaria en un pueblo mexicano en las montañas para escuchar a algunos de los mejores músicos del mundo? Las instituciones culturales como lo son los festivales de música de cámara no aparentan estar formados para este o cualquier otro foro. Detrás de una noche como esta están la visión, el compromiso, la dedicación, el trabajo arduo, el talento, el dinero –mucho dinero- y generosas cantidades de casualidad. ¿De quién fue la visión? ¿Qué piezas tuvieron que juntarse para realizar esta visión? ¿Quién vio todo el cuadro a partir de las pequeñas piezas repartidas por la mesa como rompecabezas? ¿Cómo unieron línea con línea, patrón con patrón, para hacer encajar esas piezas? Y ¿quién realizó todo el arduo trabajo?

Empecemos con la parte de la casualidad, con la llegada a San Miguel en 1966 de James Henry “Tom” Sawyer, ejecutivo de la radio retirado, disc jockey, comentarista de noticias, y que había sido violinista aficionado en algún momento, de Orlando, Florida. “Tom” Sawyer, conocido con ese nombre en la radio, además de su carismático carácter, y su parecido con el pelirrojo personaje de Mark Twain, pronto conoció y se hizo amigo del expatriado en San Miguel Leonard Brooks, renombrado pintor canadiense, violinista en serio, y elemento catalizador de las artes locales desde su llegada en 1947. Leonard era el anfitrión de un grupo de músicos de cuerdas aficionados, siempre cambiante, casuales, que se reunían con cierta regularidad y que asistían en esa ocasión a una sesión informal de música de cámara en su casa en la calle de  Quebrada. Entre los asistentes regulares a la casa de Leonard estaban Ken Harvey, maestro de música profesional, director de orquesta, y excelente violista de California, y Michael Bancroft, abogado canadiense y violoncelista aficionado, que habían llegado a San Miguel en 1970. Al saber de la separación  de Tom y su violín, y siempre con ganas de agrandar el grupo, Leonard y Ken persuadieron a Tom a que se reconciliara con su instrumento y que se uniera al grupo.

En el verano de 1971, Michael, que llegó tarde al violoncelo y estaba ansioso por ir al paso de sus compañeros de cuarteto más experimentados, asistió a un pequeño festival y taller de música de cámara en Langton Matravers, un pueblo en la Isla de Purbeck, por la costa sur de Inglaterra. El siguiente verano persuadió a Tom a ir con él, y durante esa excursión, probablemente tomando cerveza fuerte en el pub local después de un arduo día de escalas y ejercicios, se dice que Tom hizo la observación a Michael de algo así: ¿Si este pequeño pueblo puede ser anfitrión de un festival de música, por qué no San Miguel?

Y, ciertamente, ¿por qué no podía San Miguel? En 1962, el Instituto Nacional de Bellas Artes había establecido su primera avanzada fuera de la Ciudad de México en el renovado ex convento de Las Monjas en San Miguel. Su director, Miguel Malo, médico local, maestro y arqueólogo aficionado, le había pedido a Leonard, que durante varios años  había estado dando clases de música los sábados a niños mexicanos en su casa, que trasladara sus clases a la creciente escuela de artes y que fuera el director de su nuevo departamento de música.

Para principios de los setentas, Sam Miguel podía ufanarse de sus dos salas de conciertos, un calendario anual cultural que incluía conciertos sinfónicos, de cámara, y recitales tanto en los géneros clásicos como Barrocos, conciertos de jazz y música popular, producciones de teatro dramático y teatro para niños, recitales de danza folclórica y moderna, así como una ya vibrante comunidad de pintores y escultores.

A través de los 1960s y 70s, la creciente popularidad de San Miguel como destino cultural había llevado a varios muy conocidos profesionales de la música americanos y canadienses a establecer avanzadas vacacionales en San Miguel. Entre ellos estaba el violoncelista George Sopkin del Fine Arts Quartet de Chicago, que compartía una casa aquí con amigos de Chicago, Albert y Eleanor Martin, y se sabe que solía unirse en ocasiones a las veladas musicales de Leonard.

De hecho, ya se podían escuchar cuchicheos y suaves murmullos tomando café o cocteles en la comunidad de expatriados sobre el interés en que hubiera presentaciones musicales serias en San Miguel, y la amiga de George, Eleanor Martin, fundadora e integrante de las mesas directivas tanto del Fine Arts Music Foundation como del Music Center of the North Shore of Chicago, ya había invitado al Fine Arts Quartet a tocar uno o dos conciertos ad libitum en esa ciudad a mediados de 1960.

Finalmente, cuando Miguel Malo falleció en 1972, su asistente de Relaciones Públicas, Carmen Masip de Hawkins, fue nombrada su sucesora como directora de Bellas Artes. A partir de su trabajo en la institución y de varios años previos de presentaciones de conciertos y producciones de teatro, Carmen estaba bien conectada en la comunidad cultural de San Miguel, así como con las operaciones de la institución de arte en la Ciudad de México. También había vuelto a la vida el inactivo teatro Ángela Peralta después de varios años de abandono a mediados de los 1960s y había mantenido amistades ahí. Y hablaba excelente inglés, lo que permitía una fácil comunicación con la comunidad de expatriados. Para mediados de los 1970s las piezas del rompecabezas estaban sobre la mesa. Todo lo que faltaba era encajar las piezas apropiadas en las ranuras apropiadas.

Ahora imagínense al amigable Tom Sawyer, al regresar de su veraneo en el Purbeck Music Festival, adoptar la idea de un festival parecido en San Miguel, con sus compañeros músicos. Imagínense el entusiasmo contagioso que inspiró en Leonard, Ken, Michael y aquellos otros que cuchicheaban en el café y los cocteles, en la creencia de su latente posibilidad; Tom y Leonard convenciendo a Eleanor Martin que le pidiera a George Sopkin venir otra vez a tocar, esta vez en un festival verdadero; Eleanor reuniendo a un manojo de patrocinadores para financiar los gastos del Cuarteto que interpretaría tres conciertos; Michael usando sus habilidades como abogado para negociar y preparar los documentos legales requeridos, Tom, Leonard y Ken reclutando a un grupo de voluntarios para hacer el trabajo de oficina y de a pie para que las piezas del rompecabezas se alinearan.

Imagínense a Leonard Brooks presentando a Tom y su idea de un festival de cámara a Carmen Masip en el soleado jardín del claustro de Bellas Artes. Imagínense a Carmen poniendo en orden a la abigarrada cuadrilla, Eleanor Martin, y voluntarios Javier Barbosa, Víctor Sandoval, y Jules Roskin para formar un verdadero comité organizador: Carmen moviendo los hilos necesarios, alineando a las estrellas, para asegurar el Teatro Ángela Peralta como lugar para las presentaciones; poniéndose de acuerdo con la Ciudad de México para que la Orquesta de Cámara de Bellas Artes hiciera el viaje a San Miguel para presentar un concierto adicional.

Y ahí está, el rompecabezas ensamblado, todas las piezas apropiadas encajadas en los lugares apropiados, la brillante idea de Tom Sawyer encajada en los recursos sin fin de Carmen Masip, una empresa musical naciente arreglada y montada en un pequeño foro en un pueblo colonial en el centro de México –el primer Festival de Música de Cámara de San Miguel de Allende- en Junio de 1979. Y aquí nos encontramos, 40 años después, acomodados en nuestras butacas, esperando a que se obscurezca la sala, se enciendan las luces del foro; esperando a que salgan los músicos al escenario, vean hacia la sala en penumbra, reconociendo nuestro aplauso.

 

Mi agradecimiento a Carol Lotspiech, hija de Tom Sawyer, Hiliry Harvey, hija de Ken Harvey, Paula Greene, hija de Michael Bancroft, por sus memorias; a Nina Martino, Barbara Porter, Russ Archibald, y Mai Onno por los archivos del Festival y sus recuerdos personales; a Paulina Hawkins, hija de Carmen Masip de Hawkins, por el ensayo sobre su madre; a Helenmarie Corcoran y Daniela Ahlenius por el aceso a los archivos en la oficina del Festival; y a John Virtue por su biografía, “Leonard &

Reva Brooks, Artistas en Exilio en San Miguel.

 

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